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Archive for 16 diciembre 2008

Discutamos el Liderazgo

Jesús Puerta

chavez

Hay que discutir el asunto del liderazgo, justo ahora, a punto de convocarse un referendo para enmendar la constitución y permitir que el presidente de la república pueda proponerse nuevamente en las próximas elecciones dentro de cuatro años. Y hay que abordar el tema desde una perspectiva chavista.

Esto puede sonar extraño pues se ha dicho una y otra vez, como un ritual en todo discurso de los dirigentes chavistas, que el liderazgo de Chávez “es indiscutible”. Con eso se quiere decir que su jefatura es inobjetable en el campo revolucionario, que ningún chavista puede objetar que Chávez es el gran líder de esta revolución y nadie, en su sano juicio político, puede atreverse hoy por hoy, a desafiar su autoridad o a competir con él. Esto se refuerza porque en el campo opositor tampoco hay un liderazgo análogo. En ese intento han fracasado, sucesivamente, Salas Romer, Julio Borges, Manuel Rosales, los dos Carlos del sabotaje petrolero y otros nombres cuyo olvido confirma su fracaso. Pero el hecho de que sea inobjetable el liderazgo de Chávez, no niega que se deba discutir, especialmente en el campo revolucionario, el problema del liderazgo. Por el contrario.

La tradición de la izquierda mundial y criolla adopta una actitud curiosa respecto al tema. Por un lado, subraya el carácter colectivo, histórico y definitivamente impersonal de las fuerzas revolucionarias. Por el otro, produce discursos apologéticos de líderes específicos. Esto último ha llegado a veces (lamentables veces) hasta lo que Kruschev llamó, un tanto eufemísticamente, “culto a la personalidad”. En el medio, hay consideraciones acerca de la “personalidad histórica”, retomando un hegelianismo de segunda mano (la de Marx, por supuesto): hay situaciones en que determinadas personalidades sintetizan en sus cuerpos, sus discursos, sus actitudes, sus rasgos singulares de personalidad, las peculiaridades, lo mejor y lo peor, de esas fuerzas colectivas e históricas que impulsan el proceso. Pero hasta ahí.

Del lado de la derecha, también hay una actitud curiosa. Por un lado, se desconfía de la “gran personalidad” interpretándola como síntoma de la debilidad de las instituciones (una especie de weberianismo genérico) o como rasgo definitivo, imperdible, del fascismo. Por eso el liderazgo de Chávez aparece como una realidad de doble faz: una fortaleza y una debilidad a la vez. La debilidad consiste en que nadie más puede liderar el chavismo. Todo descansa en un solo hombre.

Por otro lado, todavía desde la perspectiva genéricamente burguesa, hay toda una literatura de autoayuda gerencial que resalta el liderazgo y los líderes, como un elemento fundamental para la conducción de toda empresa, entre ellas el estado (porque, desde esta óptica, el estado, el gobierno, es una empresa). También a veces se encuentran apologías “históricas” (por ejemplo, la biografía política de Rómulo Betancourt por Manuel Caballero) que todo adeco lee con un muy comprensible suspiro nostálgico atravesado.

Corriendo el riesgo de ser tachado de sincrético o ecléctico, pienso que hay algo cierto en cada una de estas miradas al liderazgo. Efectivamente, los grandes líderes sólo aparecen cuando las masas echan a andar procesos de cambio social cuyas proporciones y complejidad demandan la figura de alguien que los conduzca y los simbolice. Esos líderes reúnen ciertas características que tienen que ver con ciertas disciplinas o “técnicas” de sí mismo, tomando prestado momentáneamente la idea de Foucault. Quiero decir: el líder tiene condiciones “especiales”, pero ellas son cosechadas, formadas, ejercitadas. Todo líder, por ejemplo, tiene que manejar los hábitos de las personas altamente efectivas, las que sistematizó Covey, así no lo haya leído: tener prioridades claras, tener un plan, concentrarse, saber qué hacer cada día, cuidarse estudiando, pensando, dejándose espacio para su autofortalecimiento. De Napoleón se decía que sabía los nombres de cada uno de sus soldados. Esa memoria asombrosa para las caras, los nombres, las circunstancias singulares, es muy útil para lograr esas lealtades personales sobre las cuales se construye una fuerza en torno a sí. El líder tiene que desarrollar empatía, saber mirar a la gente a los ojos, conectarse emocionalmente, patear calle, saber escuchar, adaptarse a cada auditorio, parecer franco y hasta serlo. A ratos manipular. Y, eso sí, imprescindible: debe tener una capacidad de trabajo que a los demás mortales nos parezca monstruosa. Eso se puede ejercitar, eso se puede desarrollar, esas cualidades no caen del cielo.

Yo también pienso que no hay chavismo sin Chávez. Eso por muchas razones: la mayoría relacionada con lo que sintética y un poco eufemísticamente caracterizaremos como “inmadurez política, organizativa y teórica de la institución PSUV”. Pero el principal factor es que ninguno de los dirigentes chavistas, ninguno, ha desarrollado sus cualidades de líder. Chávez se ha referido a ellas en sus discursos de juramentación de los nuevos gobernadores. Es bueno que esos dirigentes tomen nota.

En cuatro años, el chavismo no puede desarrollar un liderazgo sustituto. Por eso creo que es conveniente la opción de la enmienda planteada. Se requiere un poco más de tiempo. Pero también que el propio presidente advierta la debilidad de su fortaleza: el socialismo venezolano no puede depender de un solo hombre para su proyección histórica. Por su propio bien, hay que formar a los nuevos dirigentes.

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La Problemática del Aspecto Social de la Tecnología en la Construcción del Socialismo del Siglo XXI

José J. Contreras

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Comúnmente cuando hablamos de “tecnología” visualizamos teléfonos celulares, computadores, satélites, medicina genética, procedimientos quirúrgicos innovadores, chips hiperminiaturizados, hologramas que nos permitirán “reunirnos” virtualmente con nuestros seres queridos en el ciberespacio, etcétera, etcétera, etcétera. En fin, cuando decimos “tecnología” casi siempre pensamos en esa “tecnología de punta” que aparece en forma de dispositivos ultramodernos.

Pocas veces nos detenemos a pensar que, más allá de los dispositivos, la tecnología amerita de una cierta disposición social, una apertura, que le permita ser apropiada por -o quizás apropiarse de- una dinámica social particular. Alrededor de todo dispositivo ocurren quehaceres que cobran sentido en función de la tecnología. Por ello, Varsavsky (1972) introduce las nociones de “Tecnología Física” y “Tecnología Social” para referirse a los aspectos físicos y sociales de toda tecnología. El aspecto físico se refiere principalmente a los dispositivos físicos. El aspecto social se refiere, por otra parte, a los quehaceres productivos que pueden realizarse con mayor o menor eficiencia en conjunción con dispositivos físicos.

Incluso, podríamos hacer una proposición, para que una innovación sea propiamente una “innovación”, los dispositivos asociados deben ser apropiados socialmente de tal forma que los quehaceres se recompongan. Por ello, más allá del encandilamiento que nos produce el dispositivo en su aspecto físico, es el aspecto social de la tecnología el que posibilita el cambio.

Un ejemplo muy interesante es el del desarrollo de la bicicleta. Pinch y Bijker (1984) nos muestran un estudio sobre el 130bikedesarrollo de la tecnología ciclística. Una creencia muy difundida nos hace concebir que la bicicleta que actualmente conocemos es un progreso tecnológico de la antigua bicicleta que contaba con una rueda delantera significativamente más grande que la trasera. Sin embargo, Pinch y Bijker nos muestran la complejidad alrededor del desarrollo de la bicicleta en torno a la diversidad de actores y grupos sociales involucrados: ciclistas deportivos exigiendo velocidad; mujeres exigiendo modelos que pudiesen ser utilizados con faldas; padres pidiendo seguridad para sus hijos; grupos anti-ciclismo exigiendo la eliminación de tan abominable invento. En la conjunción entre las exigencias de los actores y los cambios sociales de la época (algunos de los cuales fueron condicionados en buena parte por la introducción de la bicicleta como medio de transporte) fue posible que el modelo dominante de bicicleta fuese el que conocemos actualmente (ruedas de igual tamaño y neumáticas) y que era conocida en su momento como la “bicicleta segura”1.

Ahora bien, un punto de considerable atención relativo al aspecto social de la tecnología es que una vez que la tecnología ha innovado y los quehaceres sociales se han recompuesto, el nuevo modo social se normaliza. Y, cuando ello ocurre, es decir, cuando el nuevo modo de quehacer social se hace el dominante, el modo normal, entonces “desaparece”. Cuando decimos que “desaparece” no queremos decir que se elimina, sino todo lo contrario, que su dominación lo lleva a convertirse en el único modo de quehacer social. En tal situación, se nos hace difícil concebir otros modos de quehacer que no estén necesariamente ligados a la tecnología dominante. Y, al no haber contraste, la tecnología dominante desaparece en su “omnipresencia”.

Un buen ejemplo de lo anterior es la burocracia. Se nos ha hecho tan común la burocracia que casi nos es imposible imaginar una organización de actividades humanas que no se estructure en función de la misma. Olvidamos que la tecnología burocrática es un invento relativamente reciente, de no más de dos siglos, y que su gran auge en Venezuela tiene poco más de cinco décadas. Nuestros abuelos o bisabuelos vivían en una sociedad casi completamente ajena a la burocracia.

Ahora bien, ¿en función de qué se organiza la burocracia? Al menos en términos formales, una burocracia es un modo de organización en el que recursos humanos, maquinarias, materia prima y procesos coordinan acciones en conjunto con el propósito de funcionar de manera óptima. De esta manera, la tecnología burocrática se ocupa de organizar los medios de tal forma que obtengan el máximo beneficio al mínimo costo.

En nuestra contemporaneidad, vivimos en una sociedad profundamente marcada por la burocracia. Vivimos tan inmersos en la tecnología burocrática que en todo momento nos encontramos organizando medios. La “optimización” se convierte en la racionalidad presente en todo momento. Olvidamos así, cuestionar este modo de organización; preguntar el “para qué”, los fines, de lo que producimos; inquirir por el sentido de lo que hacemos en las omnipresentes organizaciones2.

Ahora bien, cabe preguntarse, en el contexto de la Venezuela de hoy ¿Será posible construir el Socialismo del Siglo XXI sin que cuestionemos la burocracia? ¿Podemos construir el Socialismo del Siglo XXI desde una racionalidad que se pregunta exclusivamente por los medios?… ¿Acaso la percepción de que el Socialismo del Siglo XXI es un concepto en construcción, no es un reto que exige preguntar por el “para qué” de lo que hacemos?

Nótese que a lo que hemos llegado es muy simple pero, al mismo tiempo, retador. No podemos construir el Socialismo del Siglo XXI si no cuestionamos a la tecnología, no sólo en su aspecto físico sino -principalmente- en su aspecto social. Por ello, la pregunta por la tecnología debe indagar por su contribución a la sociedad que queremos construir y no sólo por los criterios técnicos -tecnocráticos- del dispositivo particular en su aspecto físico. Cuestionar la tecnología implica, en conclusión, preguntar por el sentido del socialismo que decimos estamos construyendo.

Referencias

Horkheimer, Max (1983) Critique of Instrumental Reason.

Pinch, Trevor y Bijker, Wiebe (1984). The Social Construction of Facts and Artifacts: or How the Sociology of Science and the Sociology of Technology Might Benefit Each Other. Social Studies of Science, núm. 14.

Varsavsky, Oscar (1972). Hacia una Política Científica Nacional. Monte Ávila Editores. Caracas.

1En la segunda mitad del Siglo XIX podían encontrarse bicicletas de diversos tipos. Por ejemplo, bicicletas con la rueda delantera más grande, bicicletas con ruedas neumáticas o no, bicicletas con ruedas de tamaño similar, triciclos, etcétera.

2Ver (Horkheimer, 1983)

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