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Archive for 29 enero 2008

PARA LEER EL SOCIALISMO

Jesús Puerta

 

Introducción. Cómo leer

La idea inicial de este libro era hacer una antología de textos con fines didácticos, para que una nueva generación comenzara a conocer en serio el socialismo. De modo que lo que aportaríamos sería la selección y el comentario de unos textos. Ninguna de las dos cosas es inocente. El socialismo es un asunto polémico, implica distintas posiciones políticas y teóricas que suponen a su vez determinadas selecciones y omisiones de libros, distintos énfasis en la lectura de los mismos libros y, en consecuencia, distintas interpretaciones. La selección estaría hecha desde una perspectiva fundamentalmente antidogmática. Insistiría en la participación activa y crítica del lector.

El dogmatismo se debe a dos factores. Uno, y esto ocurre con todas las iglesias, la existencia de una institución (el Partido dominante en un estado) que media en la lectura, fijando una interpretación correcta única. Se establece entonces una “ortodoxia” y una concepción de los textos que llega a ritualizar la textualidad misma (frases, oraciones, párrafos, convertidos en aforismos descontextualizados), con lo cual, en la práctica, se convierte a los libros en expresión de un saber definitivo, dado de una vez y para siempre. Las ideas se convierten en entelequias, en seres fijos que nos rigen desde algún lugar, un topos urano, a través de una revelación religiosa.

Pero el dogmatismo, por supuesto, es una manipulación. Se trata de impedir cualquier observación crítica del lector, crear una situación por la cual no pueda decir que no a lo que impone la iglesia. El efecto es producir una “falsa conciencia” que puede justificar los más diversos virajes tácticos, incluso oportunismos, gracias a la manipulación de los textos. Esto ocurrió con la dirigencia soviética. Ante la existencia de esa ortodoxia de la Iglesia, caben los movimientos protestantes y reformistas que insurgen regularmente en todos los movimientos doctrinarios.

Otro factor que promueve el dogmatismo, es la simple flojera mental. Se asume una única interpretación, porque multiplicarlas lleva a ir de definición en definición, en un vértigo de interpretaciones, y esto supone un esfuerzo, un trabajo de reflexión, de búsqueda, de investigación, de más lecturas. La pereza intelectual es un aliado del dogmatismo. Irónicamente, a veces se alían el flojo y el ortodoxo, éste porque necesita su intolerancia para encubrir su profunda inseguridad, aquél porque le basta adaptarse a las normas y “seguir la corriente” impuesta en cada momento.

En todo caso, es cierto que, para actuar, es necesario contar con significados y creencias estables, que den piso firme y confianza para las decisiones. Pero ello no debe entorpecer la reflexión previa y posterior a la acción. En este sentido, tiene pertinencia la distinción entre teoría y propaganda, entre conceptos y maniobra polémica. Claro, no hay que exagerar y colocar la teoría en un mundo aparte de las luchas teóricas. Por el contrario, apostamos a una lectura que contextualice el texto en su enunciación concreta dentro de su circunstancia, así como dentro del contexto de la vida del lector, donde éste le consiga sentido y aplicación. La cuestión es que toda propaganda implica una operación de simplificación, mientras que la reflexión, el análisis y la crítica suponen un discernimiento, una descomposición sistemática de los elementos del todo considerado, en otras palabras, un proceso de elaboración, de complicación si se quiere, que incorpora la incertidumbre como momento ineludible.

En términos generales, hay cinco alcances de lectura.

Hay una primera lectura en la cual simplemente se trata de entender lo que dice el texto, en su literalidad. Esto exige a veces una labor de desciframiento de palabras, de referencias, de ciertos giros y alusiones. Este es el momento de, por así decirlo, “dejar hablar al texto”. Esto no es fácil, como podría suponerse. En primer lugar, tiene que haber un interés de entender. En segundo lugar, tiene que haber cierto control sobre los propios preconceptos, las interpretaciones apresuradas, el atasco con contradicciones aparentes.

De allí, que se hace necesario un segundo alcance lector: el comprender. Comprender un texto significa ubicarlo en las circunstancias en que es producido, los fines prácticos que lo motivó, las limitaciones y logros que se producen en él en vista de otros textos cercanos o contrarios. Comprender es ir más allá de la letra, para captar un sentido: refutar un contrario, complementar otro texto, desviar la atención, reforzar una posición, etc. En la comprensión vislumbramos que un texto es el despliegue de una estrategia en el marco de una situación muy precisa, pero que, al mismo tiempo, a pesar de las distancias históricas, geográficas, personales, emocionales, etc., nos toca, tiene un mensaje para nosotros en nuestra actualidad. Para captar esto, hay que saber más acerca de lo que rodea a la producción de ese texto en particular, para establecer algunas comparaciones con nuestra circunstancia de lector.

La culminación de la comprensión, es el juicio. Para poder llegar a juzgar, el lector debiera forjar sus propios valores, con los cuales confrontar el texto. Por supuesto que esos valores y esa confrontación, tienen lugar en la reflexión, en el situarse a sí mismo como receptor de ese mensaje, que al final tiene que ver conmigo, con los nuestros, con nuestro país y tiempo. Juzgar es valorar. Es posible que un texto nos sea valioso porque nos descubrió un aspecto totalmente insospechado. O porque nos confirmó una sospecha., O porque nos chocó demasiado. O porque nos planteó incómodas dudas. Todo ello implica un juicio, por el cual subsumimos el texto en una clase o categoría, o extraemos de él un nuevo concepto.

Los dos últimos alcances de la lectura, la apropiación y la aplicación, tienen que ver con la manera como nos ha nutrido ese texto en nuestro pensamiento, en nuestros propios criterios. Apropiarnos de un texto implica saber encontrar los sentidos que nos son valiosos y útiles para nuestros intereses. Finalmente, esos nuevos conceptos serán aplicados a nuestra actividad.

Nos referimos a estos alcances de lectura, porque queremos dejar sentado de una vez, y desde el principio, que esta recopilación tiene el objetivo de enriquecer la formación de unos ciudadanos que se encuentran ocupados en la construcción de una nueva sociedad en Venezuela, y por ello no se trata de leerlos bien y con atención para recordarlos solamente. Se trata de entenderlos, comprenderlos, juzgarlos, criticarlos, apropiárselos, aplicarlos. Tomamos tan solo cinco libros: de Marx y Engels, el Manifiesto Comunista, la Guerra Civil en Francia, la Crítica del Programa de Gotha; de Lenin el Imperialismo, fase superior del capitalismo y El estado y la revolución.

Por supuesto, no se trata de una antología exhaustiva, sino elemental, básica si se quiere. Hay otros, muchos textos de los clásicos del marxismo y de otros autores como Gramsci, Trotski, Rosa Luxemburgo, Lukacs, Korsch, etc. que nos hubiera gustado antologizar. Es más, nos da dolor no haberlos incluido; pero ello haría demasiado largo el intento, y además inútil, porque allí están los libros, defendiéndose por sí solos. En todo caso, vale la recomendación de la lectura.

Después de hacer los comentarios de los textos básicos que hemos seleccionados, decidimos hacer una síntesis histórica de los derroteros del socialismo. Esto constituirá la segunda parte del libro intitulada Tradición y ruptura: tradición de la ruptura. El objetivo es brindar un marco más amplio para la interpretación. Allí, por supuesto, daremos nuestro sesgo al examen de ese devenir histórico.

Para nosotros el socialismo es una tradición, no en el sentido de algo que conservar o resguardar, sino más bien en el de un mensaje o unos contenidos que se actualizan en el presente a partir de un mensaje enviado desde el pasado. El término “interpretación” aquí no sólo significa un esfuerzo por entender qué se nos dice a través de los siglos y comprender los motivos y circunstancias en las cuales se dijo lo que se dijo; sino también esa especial capacidad y habilidad para darle vida a una anotación; es decir, interpretar en el sentido en que el músico toma su instrumento y ejecuta una pieza escrita. Dependerá de la sensibilidad, la destreza, el tino, de cada intérprete lo que se produzca en el escenario. Así mismo, dependerá del intérprete la ejecución del mensaje socialista que nos viene de la tradición.

Todos estos textos fueron escritos en circunstancias muy específicas y concretas, en países lejanos, en tiempos diferentes, pero, al mismo tiempo, trascienden a nuestra actualidad y a nuestro espacio. Todo discurso tiene un auditorio inmediato, actual, y otro mediato, trascendental, futuro. Es posible que ya estén extintas y lejanas las emociones, coacciones, urgencias, razonamientos, hechos, que hayan motivado ciertos énfasis, reiteraciones y giros. Pero, si el texto de verdad vale y trasciende, su mensaje llegará al buen lector del futuro, en otro espacio y tiempo, con otras urgencias y emociones.

Pero esa trascendencia sólo puede evidenciarse si el lector hace el esfuerzo de penetrar en el mensaje que pueda valorar en el aquí y ahora. Paradójicamente, para ello, el lector debe congeniar con la intención del autor, que no es sólo lo que quiso decir, sino lo que efectivamente dijo para el momento en que lo dijo. No hay que olvidar que decir es también un hacer, y éste es un sentido y un valor también.

Es por ello que, para penetrar en la intención del autor, hay que situarse a) en el contexto polémico en el cual se situaron originalmente (estrategias en juego, objetivos, movimientos de ataque y defensa, ocupación, amenazas, etc.); b) sus campos de referencia concretos, sensibles, inmediatos y mediatos; c) las “tradiciones” de las expresiones (para identificar giros nuevos, ironías, tropos, tópicos).

Estas orientaciones las aplicaremos a continuación a los comentarios de los textos seleccionados (que no pretenden establecer una interpretación única y correcta) y la reflexión final, que sintetiza algunas enseñanzas que nos parecen importantes.

 

Para acceder al libro completo puedes hacer clic aquí –> Para leer el socialismo de Jesús Puerta

 

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¿Qué es el chavismo?

Jesús Puerta

Se puede entender como chavismo el período histórico en que vivimos o una especial constelación de fuerzas sociales y políticas que ha posibilitado una gran oportunidad de iniciar la construcción del socialismo en nuestro país, es decir, un bloque histórico donde se establecen determinadas correspondencias y relaciones entre las estructuras socioeconómicas (las clases y sus fracciones) y las superestructuras políticas y culturales en general. Esa constelación sociopolítica o bloque histórico resultó de la crisis de un anterior bloque histórico, el del bipartidismo o “puntofijismo”. Comprender esa crisis orgánica cuyo desenlace fue el chavismo, da elementos para comprender éste último fenómeno.

En efecto, el chavismo es la articulación de a) un liderazgo cuyo portador personal se convierte en el símbolo (o “significante flotante”, una expresión visible, una singular personalidad que llega a representar unas fuerzas sociales) de b) la convergencia política de diversas clases y fracciones, que va redefiniéndose a medida que evoluciona un c) horizonte político, articulado en una discursividad (unas reglas retóricas, o sea, unas constantes discursivas, rituales y hasta gestuales).

Ese horizonte político cambiante (eventualmente expresado en “programas” o líneas políticas contingentes) ha tenido en su evolución, visiblemente, las siguientes etapas: 1) desplazamiento y aniquilamiento político del bipartidismo puntofijista a través de la construcción y consolidación de una mayoría electoral y la toma de posiciones en los poderes instituidos reformados en virtud de una nueva constitución. En ese momento el “chavismo”, constructo periodístico, incluía incluso sectores burgueses neoliberales que ya se sentían incómodos con unos partidos orgánicos (AD y COPEI) inoperantes como administradores de la hegemonía burguesa; 2) iniciativas de reformas para la redistribución de la renta petrolera, respondida por la reacción al desplazamiento de las fracciones burguesas neoliberales del gobierno (Plan Bolívar 2000, primera Ley Habilitante, etc.) 3) Contrarrevolución (11 de abril) y respuesta popular, confirmada por el lanzamiento de las misiones, políticas públicas de redistribución de la renta petrolera, orientada a consolidar la mayoría popular; 4) señalamiento discursivo del antiimperialismo; 5) identificación discursiva con el socialismo.

No se trata única ni principalmente de observar la evolución ideológica de la personalidad de Chávez, sino de notar la dinámica de las masas y las clases en acción. Asociar los cambios en los horizontes políticos con las disposiciones de las fuerzas sociales. Esa mayoría lograda y confirmada desde 1998, sin desdeñar el peso específico del liderazgo militar de Chávez, ha sido un factor decisivo en el pronunciamiento constitucional del grueso de las FFAA, que ha constituido la gran diferencia respecto de la experiencia chilena, por decir algo.

A lo largo de estas etapas no se han tomado políticas para demoler y transformar las estructuras básicas (económicas, capitalistas) de las clases. Los grandes grupos económicos y financieros están intactos. El principal desplazamiento (además de la de las camarillas adecas y copeyanas de las instituciones estatales), ha sido el de la fracción neoliberal de la mediana burguesía profesional enquistada en PDVSA, lo cual permitió el control de los recursos petroleros directamente por el gobierno, aumentando sus posibilidades de políticas públicas. Este cambio no es poco: desde el bipartidismo, la gerencia era un cuerpo extraño, con intereses idénticos a los del capital imperial, enquistado en el conjunto de la institucionalidad del estado venezolano; una especie de tumor imperialista autónomo respecto de los gobiernos. Por otra parte, en virtud de la profesionalización de la administración pública, el personal burocrático estatal procede de los tiempos del bipartidismo. De modo que el gobierno bolivariano ha podido tener a su disposición el grueso de los ingresos petroleros para sus políticas públicas, sin resistencias importantes en PDVSA, pero sí con deficiencias importantes de gestión debidas a 1) la tradicional ineficiencia de la burocracia estatal venezolana; 2) falta de cualificación y competencia de los nuevos dirigentes de las instancias estatales a todo nivel (incluidas las misiones); 3) formación y actuación de grupos de interés y redes informales de favores; 4) carencias en la planificación, ejecución y control de las políticas públicas.

Dentro del chavismo es analizable una cierta estructura “informal”: en el vértice el “líder”, que sostiene una relación comunicacional (no sólo propagandística) con su base popular a través de la TV y otros medios de masa; luego vendría un entorno que se ha venido decantando, compuesta por compañeros de armas y militantes dispersos de la antigua izquierda. Más abajo estarían los pequeños jefes de fracciones, tribus y grupos políticos regionales. La organización de la masa de la base chavista ha sido inconstante e inconsistente, a causa de los bruscos e incoherentes cambios de línea del propio líder: Círculos bolivarianos, UBEs, MVR, Polo Patriótico, y ahora PSUVE.

El hecho de acceder al poder político mediante la ocupación de espacios de poder constituido en un estado democrático representativo (cuyos rasgos representativos se conservan), marca un estilo estratégico basado en las reformas legales definidas generalmente desde la cúspide. Esto además ha sido posibilitado por la crisis histórica y orgánica de las representaciones políticas del adversario de clase, que han ido de la conducción directa a través de los medios televisivos de fracciones burguesas empresariales, hasta la utilización de gremios y partidos en plena construcción. En este sentido, la crisis orgánica (que es también de representación) continúa. Así, coinciden esa crisis de representación de la burguesía, la escasa organicidad de los partidos de derecha, con la falta de inserción de las organizaciones de la izquierda, prácticamente muertas desde por lo menos 1989, y la inconsistencia de la organización de las bases chavistas por cambiantes políticas de movilización y encuadramiento.

Los resultados del 2D demuestran que no era cierto que, con Chávez, había ganado el socialismo en las elecciones de 2006. Tampoco eran en absoluto creíbles las cifras de inscritos en el PSUVE como para caracterizar la fuerza revolucionaria. En los distintos balances que se han hecho, se ha insistido en que el momento no fue adecuado por cuanto a) no había cuajado la organización, movilización y formación socialista del chavismo masivo (PSUVE); b) se habían agudizado las ineficiencias, errores de gestión, estancamiento de las misiones y casos de corrupción; c) persistencia de la ideología anticomunista, fácilmente apelable por los medios de la derecha; d) una conducción más inteligente por parte de la derecha, al no promover la remoción de Chávez, y separar su persona del planteamiento de una reforma orientada al socialismo; e) inconsistencia de las fuerzas chavistas: gobernadores, alcaldes, juntas parroquiales, etc. que o sabotearon la campaña, o llamaron a votar por el NO; f) cambios a última hora por parte de la Asamblea que dificultó una difusión más adecuada de los cambios.

Pero la derrota por sí misma, a su vez, ocasiona nuevos efectos. Con los “5 motores” destrozados, el chavismo prácticamente se queda sin política de avance. Y los “motores” fracasan por incompetencias de los mismos componentes del chavismo. Se nota que ya la personalidad del líder, por sí sola, no determina las decisiones masivas. Hubo una “depuración” de hecho en el chavismo como fenómeno de masas. Pasa a la “abstención dudosa” casi la mitad de su potencial electoral.

El planteamiento de las tres R y la política de acentuar la gestión gubernamental en la atención de los problemas de la inseguridad y el desabastecimiento de productos básicos, es un viraje táctico defensivo. Como lo es continuar organizando el PSUVE.

Lo de las alianzas con la “burguesía nacional” y la búsqueda de las “clases medias”, plantea un grave riesgo. El socialismo del siglo XX nos enseña que existe siempre, en todo proceso revolucionario, el fuerte peligro de una usurpación de la revolución por parte de una capa burocrática, formada en parte por los cuadros de la organización revolucionaria, que se separa de los intereses de las masas y termina formando una nueva burguesía, cuya acumulación es parasitaria; es decir, producto de la corrupción y el usufructo de los bienes públicos. En Venezuela, ese proceso degenerativo tiene mayor estímulo en la renta petrolera.

Esta usurpación burocrática-burguesa tiene su marco histórico propicio en el hecho del imperialismo global, que confirma que el avance hacia el socialismo sólo puede concebirse como mundial; no puede basarse en una autarquía vinculada a algún proyecto de “socialismo en un solo país”.

El chavismo, como gobierno, no pasa de ser un bloque histórico popular-nacionalista, “antiimperialista” (retóricamente), que usa los recursos del estado petrolero para mantener una mayoría de masas, que a su vez crea las condiciones para neutralizar la reacción en el seno de las FFAA. El chavismo ha confundido el partido y el gobierno, y ello impide la autonomía del movimiento revolucionario de masas respecto de la burocracia. Se trata, en el mejor de los casos, un “socialismo desde arriba”.

El principal peligro ahora es la degeneración burocrática-burguesa o su próxima derrota electoral, al no lograr conservar su mayoría. Para ello, la burguesía está empleando como nueva táctica el desabastecimiento y la inflación. La economía hoy es la clave del mantenimiento del bloque histórico chavista y evitar la profundización de la crisis orgánica.

 

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