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El Caracazo

El Caracazo
Ángel Deza Gavidia

Imágenes de El Caracazo

Imágenes de El Caracazo

El fenómeno social conocido como “el caracazo” merece un esfuerzo importante para su comprensión. Los jóvenes de hoy escasamente pueden imaginarse el potencial de violencia institucional que una élite puede desatar para la defensa de sus propios intereses, pasando por encima de lo que entendemos como el valor fundamental de la humanidad, como lo es la vida humana. Lo cierto es que no se trata de un fenómeno aislado, sino del producto de una serie de acumulaciones históricas que se pueden rastrear al menos desde finales de los setenta. Bajo la bonanza petrolera tanto el sector público como el privado adquirió deuda en el mercado internacional, que para el momento era barata, y que se garantizó con la factura petrolera. Tales recursos en cantidades considerables fue apropiada por las élites sin que se tradujera en bienestar para las mayorías. El primer intento de aplicación de paquete neoliberal le correspondió a Luis Herrera en lo que se conoció como “viernes negro”, luego de manifestar haber recibido un país hipotecado, situación que su administración agravó favorecida por otras alzas de los precios petroleros, suspendiendo en el tiempo la aplicación del paquete. Lusinchi protagoniza lo que denominó la mejor renegociación de deuda externa, alabada incluso por Maza Zabala, para luego confesar que había sido engañado. Pero ya el mal estaba hecho pues el empobrecimiento y la inflación se habían instalado, mientras los ingresos petroleros estaban comprometidos con el pago del servicio de la deuda. Mientras tanto la credibilidad en las elites que gobernaban con la modalidad de pacto se deterioraba rápidamente poniendo en riesgo la gobernabilidad. Tal situación fue advertida por algunos sectores quienes comenzaron a plantear reformas en el sistema político e incluso en la carta magna, para lo cual se habilitan mecanismos como la Comisión para la Reforma del Estado (COPRE), entre cuyos logros está la aprobación de la elección directa de Gobernadores y Alcaldes. Sin embargo, fue insuficiente ante la gravedad de la crisis, por lo que tales élites apostaron por el fuerte liderazgo de Carlos Andrés Pérez, pretendiendo engañar a la población con las promesas de regreso a la bonanza de su primer gobierno, cuando ya era su plan aplicar las recetas del Fondo Monetario Internacional (FMI). La votación obtenida por Pérez fue muy alta, quizás expresando las ilusiones de la población, las cuales inmediatamente fueron traicionadas. La reacción popular se asemeja a la de una pareja que ha descubierto la vil traición de su consorte: la más extrema de las rabias y la decisión de romper definitivamente con los traidores.

(*) Sociólogo

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Y, ¿Ahora Qué?… Plenar de sentido a la sociedad

Alejandro Ochoa Arias

El Sueño Imposible. Salvador Dalí

El Sueño Imposible. Salvador Dalí

Ha concluido un proceso electoral más, sin duda, constituye en el género de los nuevos procesos electorales en los cuales se ejercita la sociedad venezolana, el primero correspondiente a una enmienda constitucional y el quinto en lo que concierne a consultas no vinculadas a la designación de cargos populares. Se dice con facilidad que el pueblo está aprendiendo y, es verdad, algo de eso hay. Sin embargo, persiste la pretensión por personalizar las posibilidades que sugieren aspectos propios de un ordenamiento socio-político novedoso. Poder asumir la diferencia entre la persona y el ordenamiento que nos estamos construyendo sigue siendo una asignatura pendiente. Brevemente, no olvidemos que en el 2006 se votó por Chávez el hombre antes que por el proyecto socialista que traía como programa de gobierno. Creo, que los resultados de hoy sugieren que el tiempo ha llegado. Veamos de qué tiempo estamos hablando.

En las “Líneas de Chávez”, se menciona claramente la idea de plenar de sentido a la sociedad. La idea no es nueva pero es, sin embargo, menester tomarle el pulso a lo que eso implica como tarea en este tiempo. En primer lugar, es claro explorar el significado político del resultado más allá de la enmienda. Dependiendo de aquello que se privilegie como contexto de sentido, en esa misma medida, nos aproximamos a un proyecto de sociedad colectivo o nos quedamos prendados de la imagen de un líder con virtudes indiscutibles pero con las limitaciones propias de la individualidad. Veamos brevemente.

Desde la perspectiva de un proyecto de sociedad, la tarea de plenar de sentido a la sociedad comporta un proceso de transformación y conversión profunda de la política como el arte de mantener estratégicamente el poder hacía una noción más colectivista y sostenida por la solidaridad y la búsqueda de un tejido social capaz de ser incluyente, construido y reconstruido en la cotidiana relación con el otro. En este sentido, la tarea no corresponde solamente a los que apoyaron a la enmienda.

En sentido estricto, corresponde a los sectores que no se identifican con el incipiente proyecto denominado socialista, el poder conjugar sus propuestas, esfuerzos y principios en un proyecto político que no sólo sirva para darles unidad y sentido a sus esfuerzos, sino además, para poder construir con mayor organicidad y sentido colectivo al propio proyecto socialista.

Puede resultar paradójico y acaso sonar fatalista, pero la necesidad de saber contra qué se enfrenta el proyecto de sociedad es una tarea vital que bien se resume en la frase “ser o no ser patria, pueblo, sociedad”. Sin embargo, es claro que allí sigue pesando el papel que han jugado los medios. Nótese que no hablo solamente de los medios de comunicación que han hecho un trabajo importante en hacer árido el discurso político en general. Me refiero a los medios que hemos usado, unos y otros, para construir los apoyos mecánicos y dejar de lado las construcciones mucho más elaboradas, pensadas y evaluadas de la propia sociedad en los ámbitos económicos, sociales, culturales e institucionales.

Bien pudiera resumirse que la visión rentista de la sociedad sigue dictando los modos de relacionarnos en todos los ordenes. Eso requiere superarse y exige del concurso de todos. Cuando se menciona renta y trabajo quizás la dimensión económica pesa mucho. Para mostrar cuan profundo se requiere llevar este proceso de revisión de los medios o herramientas con la cual estamos construyendo la sociedad, bien pudiera plantearse que hasta ahora se ha vivido de la riqueza política que emana del presidente Chávez. Es decir, de la renta política que él es capaz de generar y no de la riqueza obtenida por el trabajo sostenido de construir espacios políticos de distinto tenor, dimensión y propósito que nos permita además de preparar el terreno para la construcción de políticas públicas, el preparar las condiciones para nuevos sujetos-objetos políticos en Venezuela.

Precisamente esto nos conduce a otra posibilidad de pensar que seguiremos atado al liderazgo del presidente. En este caso, la posibilidad de plenar de sentido a la sociedad dependerá de la capacidad que tenga Chávez de encarnar el sentimiento de una nación que sigue estando en condición de minusvalía para expresarse con voz propia. Chávez sabe de ese peligro y lo ha anunciado anoche con todas las letras: La patria es lo único perenne.

Por lo tanto, el escenario del líder para darle sentido a la sociedad podrá funcionar por un rato (años quizás), pero no estará por siempre ni tampoco implicará que habremos dado el salto para plenar de sentido a la sociedad. Es decir, la de asumir a plenitud la pregunta por el sentido de la sociedad venezolana.

Conclusión, la tarea para todos es la de avivar las condiciones para preguntarnos por el sentido de la sociedad venezolana. Pregunta que deberá ir más allá de la conveniencia inmediata y egoísta para poder abrir paso a las respuestas y a las plataformas desde las cuales la pregunta por el sentido de la sociedad y la plenitud de su sentido no sea una pregunta retórica y extraordinaria. Se requiere que esa pregunta se implante en el cotidiano quehacer para la construcción de una patria buena. Finalmente, creo que hay elementos que nos dice que sí se puede. Las preguntas son, si queremos y cómo queremos hacerlo. Las dos últimas preguntas no son independientes. En saber entender su dependencia e intentar comprender su importancia radica el desarrollo de las líneas estratégicas ya no para otra victoria electoral sino para una victoria más trascendente: la de una sociedad que se sabe proyectar al mundo con sentido.

Dejen la Histeria

Dejen la Histeria

Jesús Puerta

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Entre todo el griterío opositor, en los días inmediatamente anteriores y posteriores al pasado referéndum aprobatorio de la enmienda constitucional, destacó por su “buen sentido” el comentario de Ramos Allup.

Estuvo atinado al identificar, apropiadamente, uno de los más graves problemas de la oposición venezolana: su irracionalidad. El adeco, de timbres romulescos en su voz, le dijo derrota a la derrota (la del “No”, claro) y victoria a la victoria (la de Chávez, por supuesto), sin suavizantes ni eufemismos. Reconoció que fue la histeria y no el razonamiento lo que ha guiado a la oposición desde los terribles días del 2002, 2003, 2004, etc. La “histeria” arrastró a los políticos veteranos a la aventura golpista del 11 de abril (todavía hay quienes siguen con lo del “vacío de poder”), el sabotaje petrolero, los sobresaltos del revocatorio, la locura de la abstención en las parlamentarias. Es bueno que él lo haya señalado, porque el propio Ramos Allup contribuyó a esa “histeria” (lo repito, no por pobreza léxica, sino porque me gusta restregarlo) cuando anunció unas supuestas “pruebas” del fraude en el referéndum revocatorio y cuando el CEN adeco determinó la presión para la abstención en las elecciones a la Asamblea Nacional. Confirmó además que no había habido ningún “crecimiento de la oposición”, como vociferó El Nacional por aquellos días; sino, al contrario, crecimiento y reafirmación del chavismo.

En el mismo tono estuvieron las declaraciones del alcalde metropolitano de Caracas y de Leopoldo Puchi quien, por cierto, ha logrado mantener una línea de crítica hacia la irracionalidad opositora, aun declarándose antichavista. Se evidencia así, todavía más, un deslinde que no sólo caracterizará la siguiente coyuntura que, desde ya, anuncia una aguda “planchitis” en perspectivas de las parlamentarias. Antes, muy tibiamente, ya se habían dado algunos síntomas. El intento de Julio Borges de deslindarse de la aventura del golpe del 11 de abril y, después, su resistencia ineficaz al retiro de las elecciones a la Asamblea. El repliegue de otrora llamativos dirigentes de la tan llevada y traída “sociedad civil”, sustituidos por una “dirigencia estudiantil” que se hace acompañar por las cámaras de televisión en todo lo que hacen, para envidia de nosotros, los golpeados dirigentes estudiantiles de los 70, 80 y 90, maltratados, presos y muertos sin pantalla. Pero ahora puede que se desate la crisis en la oposición, con todas las de la ley. Ya van diez años y todo indica que vienen otros diez. Los dirigentes estudiantiles pueden cumplir cincuenta.

De manera que es hora de que respiren hondo los dirigentes e intelectuales de la oposición; es tiempo de relax, meditación y reflexión para los líderes antichavistas. Entre ellos, las autoridades universitarias, muy visibles jefes políticos, opuestos en todo por todo al gobierno, que rechazan hasta la suspensión preelectoral de los resultados porque no quieren “desmovilizar el movimiento estudiantil” (¿?). Es bueno que mediten. Ya no es el tiempo de firmar comunicados poniendo la universidad “a la orden” del comando central de los paros pre y post golpe de abril de 2002, ni de declaraciones de prensa apoyando la nueva autoridad del golpista Carmona, ni de divertidos y machistas obsequios de pantaletas a militares descontentos.

Piensen: parece que las elecciones no son tan fraudulentas como decían desde el 2003; parece que hay libertad de expresión (claro: cada quien debe seguir haciéndose responsable por lo que dice); parece que no nos ha impactado tanto, como a otros países, la crisis mundial del capitalismo (¿escucharon? del CAPITALISMO). Dejen de tener a Carla Angola como modelo de analista. Constaten, sí, como ella, que la mayoría del pueblo está enamorada del liderazgo de Chávez; pero fíjense, vean, observen mejor, el por qué. Intenten aceptar, comprender, entender. No hagan una pataleta como ella porque no entiende por qué ese apoyo sigue, crece y se fortalece. No sigan inventando analogías con Hitler; traten de informarse acerca de la obra del gobierno; reconozcan; entiendan los cambios internacionales. Sigan el consejo de Ramos Allup.

Dejen la histeria.

El Sí al descubierto:

La formación ciudadana, la solidaridad y el buen gobierno.

Alejandro Ochoa Arias

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En estas últimas horas en que la decisión de cada cual ha sido tomada, es necesario plantearse, una vez más, la trascendencia del acto político que nos ocupa. En la tarde de ayer, el presidente de la república ha apelado a la circunstancia política más excelsa de toda sociedad: el momento constituyente. Es decir, el momento en el cual constituidos como cuerpo orgánico, como totalidad, nos constituimos en Estado. Pues bien, esa circunstancia puesta en términos de la ampliación de los derechos políticos tiene como ejes fundamentales la posibilidad de formarnos como ciudadanos, ejercer nuestra solidaridad y, finalmente, plantearnos la pregunta por el sentido social del “buen gobierno”.

La formación de ciudadanos en el caso de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela comporta la condición de una democracia co-responsable y protagónica. La co-responsabilidad nos hace actores más allá del ámbito de la acción individual. Somos actores que impulsados hacía lo colectivo no podemos ser sino solidarios. Porque la cara más precisa y mejor dibujada de la solidaridad es asumir la suerte del otro como propia y eso es sencillamente ser co-responsables. En su noción más acabada, la co-responsabilidad supone entonces que es ineludible para el ciudadano, la tarea de evaluar y castigar o premiar, según sea el caso, al gobierno. En buena medida, eso supone que el ciudadano asume cabalmente el compromiso de participar en la definición de las políticas, velar por su ejecución y controlar la política pública. En ese sentido, el ejercicio ciudadano debe ser objeto de evaluación colectiva. Esto último nos conduce a la condición política mínima del ciudadano, a saber, formador de información y opinión en la construcción de la cosa pública.

La sociedad invadida por los medios de comunicación ha sido presa fácil de aquello que precisamente se suponía sería superado por la amplia gama de medios para comunicarse: La información constituida en mercancía y la opinión en manipulación. Lo cual nos obliga a la creación de formas alternas para la construcción de la información y la opinión. Esto último supone que el ejercicio protagónico de la democracia va más allá de ser ejecutores de políticas. Nos debemos constituir en constructores de opinión y generadores de información tras la búsqueda de la verdad y no su compra y venta. Esto último, supone la ruptura de la dimensión de usuario y consumidor del ciudadano para que se incorpore en el proceso agónico de dar cuenta del mundo desde la realidad desde la cual cada quien se encuentra. Desde lo local, sin olvidar lo nacional y lo universal; la agonía consiste en el afán de dar cuenta del mundo y hacerla válida ante la opinión de los otros sin otra pretensión que practicar la justicia, consolidar la solidaridad y ser aprendiz y maestro en la construcción de la política.

En consecuencia, la posibilidad de poder postular a quien haga un buen gobierno deberá, desde la dimensión ciudadana y con el concurso favorable del Estado, desarrollar los mecanismos para la evaluación continua del Estado que permita la corrección de los errores, el mejoramiento de los resultados positivos y sostener los espacios de discusión política para la evaluación ya no en términos de eficiencia y eficacia, sino en términos de la pertinencia política y colectiva de las iniciativas que se tomen. Para ello, es necesario potenciar las capacidades de los ciudadanos para informar e informarse, lo cual pasa necesariamente por asumir la responsabilidad social de los medios como tarea que debe ocupar a todos los ciudadanos no sólo desde la dimensión de usuarios, sino la de co-responsables. Desde allí, una visión mercantilista y liberal de los medios no sólo es distinta sino contraproducente para hacer de los medios de comunicación, bienes que son concedidos por la sociedad en su totalidad para el servicio de todos. Es claro, que el ejercicio del buen gobierno que se espera en los próximos años, debe hacer válida la vocación co-responsable y protagónica para el ejercicio ciudadano. De otro modo, el buen o mal gobierno, será simplemente una tarea de mercadeo de imágenes. Esta expansión Sí es posible. Es tarea de Todos, claro que Sí.

14 de febrero de 2009

La Octava Razón del No

Jorge Dávila

Mural "Hombre en una Encrucijada" de Diego Rivera

Mural "Hombre en una Encrucijada" de Diego Rivera

La octava razón del no ¿Qué quiere decir la octava razón? Lo cuenta J. M. Briceño Guerrero: “En Mérida se dice octava razón aludiendo a la historia de un cura que no hizo tocar las campanas cuando llegó de visita el obispo; dio siete razones para explicar esa omisión, todas valederas, y la octava razón: que no había campanas”.

La oposición política en Venezuela ha dado muchas razones para justificar su reiterativa tautología “no es no”. Es posible que todas esas razones se reduzcan a siete, tan valederas como las que imaginamos esgrimidas por el sacerdote del cuento: se perdieron las llaves de la puerta del campanario, no apareció a tiempo el sacristán, etc. La oposición política, a diferencia del clérigo, no dice su octava razón. Pero se puede escuchar tras la bulla y el escándalo.

Hablemos hipotéticamente: gana el sí, se aprueba la enmienda; luego, los ocupantes de cargos públicos de elección popular se pueden postular nuevamente para esos cargos. Se hace posible entonces este futuro menos cercano: el Presidente Chávez quiere ser candidato en 2012, su partido lo postularía, podría ganar la elección y entonces continuar en el cargo. Seis años después, repetición del ciclo. Etcétera. El encadenamiento de raciocinios de la oposición política venezolana, conducente a la octava razón de su no, descansa en ese futuro posible. Esos raciocinios son los siguientes:

Si gana el sí, es seguro que al Presidente lo postularán. Además, es seguro que lo elegirán nuevamente. ¿Por qué es seguro? Porque el pueblo votará mayoritariamente por él. ¿Por qué? Pues hay aquí, de nuevo, siete buenas razones. Pero la octava, en este caso, es que el pueblo está algo así como “enceguecido” con la figura de Hugo Chávez. Sí, en 2012 habrán pasado catorce años de “ceguera”, o un poco más de catorce años si se incluye la campaña para la elección de 1998, o hasta mucho más si se lleva la cuenta al por ahora del 4 de febrero de 1992: en fin, siempre creímos que el 4F sólo fue un fogonazo televisivo que encandiló al pueblo. ¿Qué quiere decir esta octava razón de la “ceguera” del pueblo? Bueno: ignorancia. O más hondo: incapacidad. O más en la profundidad de la ignorancia y la incapacidad: torpeza, flojera, pasión por la vida fácil, incuria, marrullería, vivalapepismo, etc. ¿Y detrás de todo eso? Bueno: brutalidad propia de la chusma, de negros, de indios, de lumpen, de esclavos. No nacieron para otra cosa. Esta es la octava razón -parcial en la cadena de raciocinios- para estar seguro de que el Presidente Chávez será reelecto en 2012 y en 2018, también en 2024 (justo con 70 años de edad, pero ¡menor que el Dr. Caldera en 1993!) y hasta en 2030.

¿Se entiende? El motor de los raciocinios no tiene que ver tanto con Hugo Chávez como con la condición del pueblo. En fin, sin esa condición Chávez no sería nada, sería pieza fácil de derrumbar en el ajedrez político -democrático o no. Sobre esa condición del pueblo es que descansa la no muy oculta octava razón del no en el referéndum de este febrero de 2009. La octava razón del no descansa en la convicción de que esa condición del pueblo es propia, es natural; quiere decir: no es circunstancial; siempre ha sido así y siempre será así. Eso quiere decir el “no nacieron para otra cosa”.

En verdad, poco o casi nada sabemos del futuro. Pero del pasado nos hacemos ideas más claras. ¿Cómo concibieron al pueblo venezolano en el pasado? Desde los albores de la Independencia, escribió Domingo Miliani, lo concibieron como “pueblo ignorante”; más adelante, como “hordas levantiscas, chusma bochinchera, turbulentos mulatos”; lo mismo en el siglo pasado: “perraje, marginales, desposeídos, menos favorecidos de la fortuna, olvidados de Dios, desclasados, chigüires, masa, plebe, lumpen, enemigos del orden establecido”. En suma, como masa de idiotas que había que encauzar para que sostuvieran el poder de quienes sí lo merecen. Vieja tesis. Ya en Platón se encuentra ardorosamente defendida por los Trasímacos y los Calicles. Pero, más agudamente, esa masa no es otra cosa que el objeto del desprecio y del menosprecio; o sea, del odio. Y ese odio no tiene por qué mostrarse de toda evidencia. En el pasado fue así, se ocultó tras el simulacro. Ahora que los despreciados muestran su potencia, su fuerza; cuando los menospreciados despliegan su capacidad de ser iguales; cuando los odiados manifiestan su generosidad y amor con los demás odiados, entonces los poderosos que los odian no pueden sino manifestar abiertamente su más profunda pasión de odio.

Esa pasión de odio -de menosprecio y de desprecio- del poderoso busca oponerse a aquella potencia del amor y la generosidad de los odiados entre sí. Busca, y ese es su mejor ardid, que ese amor sólo se manifieste como odio recíproco. Y muchas veces lo logra: es la lógica que malogra los avances de la posible vida mejor del pueblo. Es ese, en el fondo, el poderío desencadenado en estos tiempos contemporáneos por los medios de comunicación que vomitan toda la pasión de odio que sostiene grandes poderes económicos mundiales y nacionales contra los pueblos.

La octava razón del no, en relación con el pasado, se puede resumir así: la burguesía venezolana, y también la pequeña burguesía -más estridente ella-, siempre odió al pueblo venezolano; peor aún, no sólo lo odió, por mucho tiempo lo jodió. En el pasado reciente y en el presente, la burguesía se desespera; se refugia en su poderosa capacidad de manipulación para trastrocar el amor del pueblo en odio recíproco. Algunos intelectuales sin mala fe prefieren sumirse en la pereza mental para auxiliar tal trastrocamiento. Duele eso. Y, por desgracia, algunos defensores del amor al pueblo, no creo que por maldad, le siguen el juego.

¿Por qué se dice no?

Jorge Dávila

Por oposición. Es muy natural. Oponerse, estar en contra, contradecir, enfrentarse, ser antagónico, etc., todo eso se dice, frente a algo que se afirme, con un simple no. Pero, si de razón se trata, hay sus modos.

El niño inmaduro, especialmente en la infancia temprana, cuando dice no es “no porque no”. Niega hasta tres veces: “no, no y no”. Acompaña su expresión con gestos poco sociales, poco políticos: rabietas, pataletas, gritos, llanto, etc. Algunos aprenden allí el uso exacto de las groserías. Es el “no porque no” en su forma más básica de la  sinrazón. Dicen algunos psicólogos que eso no está mal, esa experiencia es la forma primigenia de cierta afirmación de la diferencia. Es entonces un “no porque no” que se tolera porque será encauzado por la razón; será la razón la que le enseñará correctamente la diferencia y la identidad.

Hay un “no porque no” que es propio de la adolescencia, de la rebeldía sin causa o, mejor dicho, del rebelde sin razón. Es una actitud abiertamente antisocial, abiertamente apolítica. La expresión se acompaña de gestos infantiles. Suele aparecer allí la violencia contra el otro. Es la pretensión de identidad figurada en la diferencia completamente errada. Es la identificación con la sinrazón que no se sabe tal. Se expresa este “no porque no” en la sencilla expresión “no es no”. Quiere decir: “no, dije que no”; “no, porque no quiero”, “no, porque no me da la gana”, “no, porque deseo lo que deseo y lo que deseo es que no deseo lo que me proponen y sólo sé que deseo eso mismo que deseo”. Es la sinrazón opuesta a las razones que sólo atisba a cuasi­razonar así: “vaya Usted viejo muy largo al carrizo con sus razones”.

En el adulto hay un “no porque no” que apela a la retórica empobrecida. Se refugia superficialmente en el principio de identidad de la negación. Otra vez: “No es no”. Claro, es verdad, X es X. Así se expresa toda tautología. Pero la tautología no agrega nada, todos lo saben por experiencia o porque han estudiado lógica. La retórica empobrecida va más allá del pleonasmo. Es la acentuación del habla que se esfuerza en que el interlocutor escuche lo que se quiere decir, sabiendo qué se quiere decir y cómo decirlo, pero no se dice. Tiene dos variantes. Una: todo cuanto motoriza la negación se oculta, se disimula en el gesto, se esconde tras falacias dichas en baja voz. Es puro miedo. Ese miedo muchas veces se disfraza de soberbia: “¿Para qué explicar si el muy bruto no entiende?”, “Ya lo dije: no es no y punto” y otras expresiones semejantes. La otra variante, la irracional, es de otro tenor. Rebrota en ella el arrojo del rebelde sin razón que grita o chilla su deseo de sólo desear. Se acompaña con los gestos infantiles del pataleo y la rabieta.

Se apropia de las groserías del infante y de la violencia del adolescente. El ocultamiento no es tanto del miedo, del temor, como del odio. Es el “no porque no” de la más abyecta tristeza que se refugia en el escándalo y la bulla. Es escándalo y bulla vociferando sinrazones en asfixiante logorrea. Es el “no es no” del adulto tan inmaduro como apegado a la ignorancia, como akolásico regodeándose en su vicio. Es la pérdida del poder de la razón cedido al desencadenamiento fatal de la acumulación de tristeza que constituye el odio. Si la primera variante, la del miedo, es dañina, esta segunda variante, la del odio, es perversa: lleva a la alegría por el mal que otro sufre y a la tristeza por la felicidad del prójimo.

Con las justas razones un gran sabio del siglo XVII demostró rigurosamente esta proposición: odium nunquam potest esse bonum (el odio nunca puede ser bueno). Imposible entenderlo si se toma el camino del odio. Por eso duele cuando vemos a quienes alguna vez razonaron, o simularon hacerlo, pretender que seamos copartícipes de su odio para vivir bajo la tiranía de la tristeza. Buena razón es negar la negación.

Cuando digo pueblo

Cuando digo pueblo

Jesús Puerta

Detalle del Mural "Historia de México" de Diego Rivera

Detalle del Mural "Historia de México" de Diego Rivera

Hay menos palabras que conceptos. Por eso, a veces, sentimos que las palabras no dicen lo que entendemos o lo queremos; sino otra cosa, lo que les da la gana a ellas y no a quien las dice; son huecas, son un poco locas y hasta paradójicamente llegan a sobrar. Otras veces, constatamos que hablamos distintos idiomas, hablando el mismo. Alguien dirá: jugamos diferentes “juegos de lenguaje”. Pareciera que hubiera muchas formas de decir lo mismo; pero no, a veces ocurre que hablamos de cosas diferentes y decimos lo mismo.

Por ejemplo, cuando digo “Pueblo”, ¿qué digo? Los griegos, que inventaron para siempre eso del “gobierno del pueblo”, la “demos-kratia”, entendían por pueblo al conjunto de los ciudadanos varones adultos, aristócratas, propietarios de esclavos y tierras, que se reunían en la plaza a discutir en asamblea los asuntos de la ciudad. Quedaban fuera los esclavos, las mujeres, los extranjeros “bárbaros” y los niños. Todavía, cuando aquellos patricios norteamericanos que firmaron la declaración de la independencia de Estados Unidos, el “pueblo” del “we, the people…”, era el conjunto de propietarios varones, de tierras y de esclavos. De hecho, ya Locke lo entendía así cuando discurría acerca de la propiedad como extensión del propio cuerpo. Sólo cuando los habitantes se ganaban la ciudadanía a punta de sangrientas luchas, era cuando se ampliaba la extensión del conjunto llamado “pueblo”. De modo que lo que se dice cuando se dice “pueblo”, depende del momento de esas luchas sociales y políticas y, por tanto, de la extensión de la otra palabra: “democracia”. Depende, en fin, de qué lado de la lucha estamos. “Pueblo” dejó de ser una abstracción jurídica, para ser la carne de los pobres, o los continuadores de tradiciones antiguas, identificadoras y comunitarias, por ejemplo.

¿Cuándo una denominación derivada de “pueblo” puede cargarse de connotaciones despreciables? Cuando es dicha por alguien a quien le da asquitos el “pueblo”, éste último, el que incluye a los pobres, a los excluidos. Claro: no estoy hablando de “democracia”, derivada también de “pueblo”; sino de “populismo”. En puridad morfológica, el “populismo” debiera ser la doctrina que coloca al pueblo en su centro y “populista” debiera ser alguien que está con el pueblo; pero no. En la politología sirve y ha servido para hablar mal, para descalificar movimientos políticos. Tanto así, que se le separa de “democracia”. Es más, “populismo” y “populista” son usados como insultos.

Me parece que es una invención de mala fe, una vil maniobra lingüística. No me la calo más. Si ya se mencionó a Laclau, seamos consecuentes: todos los políticos buscan en su discurso articular demandas de diversos sectores, buscan la hegemonía frente a su antagonista, y en este sentido “hacen populismo”: es una práctica política idéntica a la elaboración de discursos que se gana adeptos de diferentes orígenes sociales, tomando en cuenta sus peticiones e intereses. “Populismo” no sirve como concepto para describir o clasificar movimientos políticos, porque incluye demasiados y demasiado diferentes situaciones. No aclara ninguna especificidad, no distingue, no caracteriza. Oculta rasgos importantes y, encima, sirve para desviar la atención a procesos realmente democratizadores, es decir, aquellos que amplían el sentido de “pueblo”.

Y si vamos a hablar de “chavismo” ¿por qué hablar de variedades de “populismos” y no de variedades de “socialismo” o de “democracia”? ¿Por qué compararlo solamente con Perón, Velasco Alvarado y Goulart, y no con Fidel, Mao, Lenin, la socialdemocracia, los socialismos del siglo XX, etc., por un lado, o con las democracias norteamericana, española, francesa, qué sé yo? En todo caso, si a comparar vamos, debemos ver las analogías, pero también las diferencias.

Una arepa es una arepa es una arepa es una arepa, Javier. Un arroz con pollo es un arroz con pollo. Aunque pueda haber una arepa de arroz con pollo, claro. Esa es la universalidad arepérica. Pero, en todo caso, habría que comparar los rellenos.