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Gaza: el derecho a escapar

Miguel Ángel Pérez Pirela*

palestino

Cuando todos los derechos humanos se vulneran: cuando el derecho a la vida es relativizado sin ninguna razón plausible; cuando el derecho a la alimentación es dejado de un lado por el bloqueo alevósico de comida; cuando el derecho a la información es aniquilado con la prohibición del paso de periodistas y la manipulación de los medios internacionales; cuando el derecho a la educación es vulnerado con la destrucción de escuelas; cuando el derecho de los niños es opacado con la muerte de cientos de ellos; cuando el derecho a la salud es atropellado con el bombardeo a hospitales y la carencia programada de insumos; cuando los derechos ambientales son denigrados con bombas químicas; cuando los derechos de los prisioneros son insultados con una trato peor al de bestias; cuando el derecho a la ciudadanía es robado con el veto a la creación de un Estado que los ampare; cuando los derechos internacionales son secuestrados por las potencias extranjeras y los organismos concernientes; cuando, en fin, el derecho a descansar en paz es subyugado por bombardeos a cementerios… queda únicamente un solo derecho: el derecho último e insustituible, el derecho dramático y a la vez cruel, el irónico derecho a escapar de la ausencia de todos los derechos humanos.

Es precisamente ahí que se encuentra el drama del pueblo palestino de Gaza. Pueblo al cual después de habérsele sacrificado todos los derechos humanos, se le terminó por prohibir el derecho a escapar.

Ello nos deja de frente a una constatación por lo demás grave: el pueblo de Gaza ha sido encerrado de forma sistemática en un espacio-tiempo hermético que mucho tiene que ver con la esencia misma de un campo de concentración al aire libre del tamaño de una ciudad: en el sur la frontera se encuentra cerrada custodiada por tropas egipcias, en el norte y este, la amurallada frontera está custodiada por el ejército israelí, en el oeste el mar es territorio de la marina del mismo Estado.

La Gaza de hoy día está asediada por un mar, un muro y unas fronteras clausuradas que dejan como único espacio libre el cielo. Espacio aéreo desde donde caen cotidianamente cientos de bombas, pues es controlado en su totalidad por la aviación israelí.

Nos encontramos nosotros entonces de frente a una claustrofobia del terror, un claustrofóbico genocidio (exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad), que no da lugar ni siquiera a la terrible realidad de los “desplazados”.

En todas las guerras del siglo XX y siglo XXI estábamos acostumbrados al drama de los desplazados. En la barbarie a la cual estamos asistiendo en Gaza, ni siquiera este horrendo lujo puede darse esa parte del pueblo palestino.

Así pues, en ausencia de la posibilidad de ser, al menos desplazados, estamos de frente a un “holocausto” (gran matanza de seres humanos) en el cual sólo existen tres géneros de víctimas: las muertas, las heridas y las futuras víctimas muertas y heridas.

El factor tiempo parece pasar por alto y, sin embargo, es clave en el resultado final de este abominable crimen que, a través del pueblo de Gaza, se le hace a la humanidad toda. Ni siquiera la resolución 1860 del Consejo de Seguridad de la ONU pareció tomar en cuenta el mismo al dejar “indeterminado” el llamado al cese del ataque.

Y es que todo se juega en el tiempo, pues vista la intensidad del ataque militar a un pueblo desarmado y asediado, el tiempo terminará por ser el cómplice de la aniquilación total de un pueblo.

¿Tendrá acaso esto que ver con el nombre mismo de la misión militar “plomo fundido” y la terrible relación que dicho nombre tiene con la significación de la palabra “holocausto” entre los israelitas?

En su acepción israelita la palabra “holocausto” significa sacrificio en que se quema toda la víctima.

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