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Votos, pobreza y desigualdad en Venezuela

Jorge Dávila (*)

Chávez en La Bombilla

Chávez en La Bombilla

En diciembre de 2006 fue reelegido el Presidente. Mostramos en esa ocasión que los altos porcentajes de votación a favor de él provenían de los estados con mayor pobreza. En ocho de los nueve estados con más de 40% de hogares pobres, de acuerdo con los datos más actualizados disponibles en 2006, la votación fue casi igual o superior al 70%. En los nueve estados donde había entre 30% y 40% de hogares pobres la votación fue de más del 60%. Y en los seis estados con menos de 30% de hogares pobres la votación fue mayor que 50%. La votación más baja en un estado fue de 51,14%, la máxima fue de 78,08% (Cf. “Elecciones y pobreza” aquí).

Un año después, en ocasión del referéndum por la reforma constitucional, los porcentajes favorables a los cambios propuestos inicialmente por el Presidente, comparados con los obtenidos en la elección de 2006, fueron mucho menores. En diecinueve de los veinticuatro estados la disminución sobrepasó los diez puntos y, en un caso, hasta más de veinte puntos. Sólo en cinco estados la caída fue de menos de diez puntos, en todos ellos rondando los ocho puntos. La pérdida a nivel nacional fue de 13,55 puntos.

Ahora en febrero de 2009, en ocasión del referéndum por la enmienda constitucional, en todos los estados -salvo uno, hay una recuperación de esa pérdida de puntos porcentuales ocurrida en el referéndum de 2007. Es lo que se muestra en la primera columna de la tabla al lado de cada estado. Las cifras corresponden a la proporción del aumento de puntos porcentuales, obtenido en cada estado en el referéndum de 2009, en relación con la pérdida de puntos porcentuales, en ese mismo estado en el referéndum de 2007. Es decir, cuánto de cada punto porcentual perdido en el referéndum por la reforma en 2007 se recuperó en el referéndum por la enmienda en 2009. A nivel nacional la recuperación es de 0,410; o sea, menos de la mitad.

tabla

El resultado favorable a la enmienda, mayor que el resultado favorable a la reforma en 2007, se muestra en la siguiente columna de la tabla (primera cifra) en términos de votos (por mil) por encima de los obtenidos en 2007; la segunda cifra es el aumento de la oposición. El aumento en la votación favorable a la enmienda, que a nivel nacional alcanza 1.931.090 votos (441 votos por mil), casi triplica el aumento de la oposición que fue de 689.485 votos (153 votos por mil).

En términos porcentuales, en el referéndum por la enmienda casi todo fue pérdida para la oposición al Presidente en relación con el referéndum de 2007. Sólo en el estado Táchira el aumento de votos de la oposición fue mayor: 292 por mil contra 119 por mil. La oposición incluso tuvo pérdida de votos en cuatro estados: Sucre, Cojedes, Portuguesa y Aragua. En todos los estados ­salvo en Táchira­ el porcentaje de votos a favor de la oposición disminuyó en relación con el porcentaje que había obtenido en el referéndum de 2007. Además, hay cinco estados donde el porcentaje de votación fue desfavorable a la enmienda, pero en ellos hubo un aumento de los votos por el sí en relación con los votos favorables a la reforma en 2007: en Miranda, Mérida, Zulia y Nueva Esparta el aumento promedia los 400 votos por mil (contra 173 por mil de la oposición) y en el estado Táchira fue de 119 votos por mil. En los demás estados ese mismo aumento de votos favorables al sí va desde 363 hasta 909 por mil votos. Se destacan con el mayor aumento: Sucre, Delta Amacuro y Amazonas.

Volvamos a las cifras de la primera columna de la tabla. Catorce de los veinticuatro estados tienen un valor de recuperación por encima del valor nacional de 0,410. La recuperación en el referéndum de 2009, de la pérdida ocurrida en el referéndum de 2007 con respecto a la elección de 2006, se puede resumir así: la pérdida porcentual de votos del 2006 se recuperó en cerca de o más de la mitad en once estados. Son los once estados donde la recuperación de cada punto porcentual perdido en el referéndum de 2007 es superior a 0,480. Ese grupo de once estados se diferencia claramente del grupo de los otros doce estados donde hubo recuperación.

En los otros doce estados, con menor recuperación de votos, el promedio de votación favorable a la enmienda fue 55,57%; un porcentaje cercano al resultado a nivel nacional. El promedio de votación favorable a la enmienda en los once estados con mayor recuperación es 64,62%; un porcentaje muy superior al resultado a nivel nacional. El aumento promedio, entre 2007 y 2009, en esos once estados (529 por mil) es superior al aumento promedio de los otros estados (435 por mil); al contrario, para la oposición, entre esos once estados están tres con crecimiento negativo y los tres con menor crecimiento. Además, nueve de esos once estados también están entre los de más alta votación favorable al Presidente en la elección de 2006 y con mayor pérdida en el referéndum de 2006.

Ahora bien, en los once estados donde se recuperó cerca o más de la mitad de la pérdida se debe observar lo siguiente: En diez de ellos, de acuerdo con los datos más actualizados del Instituto Nacional de Estadística, INE (segundo semestre de 2007), hay más de 30% de hogares pobres (ver la tercera columna de datos en la tabla). De hecho, son diez de los catorce estados donde prevalecen los más altos porcentajes de pobreza. Siete de esos mismos diez estados tenían en 2001 más de 40% de hogares pobres (nótese que, a fines de 2007, sólo Apure y Barinas tenían más de 40% de hogares en pobreza). Recordemos que, en la elección de 2006, los estados donde había la mayor porción de hogares pobres fueron los que aportaron la mayor votación favorable al Presidente. Ahora en el referéndum de 2009, con una significativa reducción de la pobreza, de nuevo son los estados con mayor cantidad de hogares pobres los que aportan la mayor recuperación de los votos perdidos en el referéndum por la reforma constitucional. En esa medición de la pobreza, el INE combina el nivel de ingreso del hogar con la satisfacción de las llamadas necesidades básicas del grupo familiar.

Ahora, si se considera sólo la distribución del ingreso, se ve que no hay ninguna correlación con los resultados de la recuperación en el referéndum de 2009. En Venezuela, en el segundo semestre de 2007, la distribución del ingreso estaba en 0,4211 (índice de Gini). Ese índice mide la desigualdad de la distribución de la riqueza nacional entre la población. Las variaciones del índice de Gini por estado (ver la cuarta columna de datos en la tabla) son significativas, alcanzando una diferencia máxima de 0,1057. Téngase en cuenta que la variación de apenas una décima en ese índice representa fuertes variaciones en la desigualdad. El valor a nivel nacional del índice de Gini es superado (es decir, hay mayor desigualdad en la distribución de la riqueza) en nueve de los veinticuatro estados. De esos estados, cinco están en el grupo que aportó menos recuperación en el resultado favorable a la enmienda y cuatro están en el otro grupo.

Se ve pues que la correlación entre la situación de pobreza y el comportamiento electoral no involucra la distribución del ingreso, pero sí ­como ya vimos­ el ingreso por hogar.

En resumen, los estados donde ha habido pobreza, y donde aún se mantiene aunque en menor cuantía, siguen determinando la votación favorable al Presidente Chávez y su mejora indiscutible en relación con la fuerte disminución ocurrida en el referéndum por la reforma constitucional de 2007. Pero, esa mejora no parece tener que ver con la mejora ocurrida en la distribución del ingreso según la cual el 20% de los venezolanos más pobres ya no perciben el casi constante y miserable 2,5% de la riqueza nacional que recibían cada año entre 1975 y 1999 mientras el 20% más rico recibía 25 veces más. Como dice el informe de la Cepal de 2008: Entre 2002 y 2007, la disminución más importante de la brecha entre quintiles extremos [20% más pobres y 20% más ricos] se presentó en la República Bolivariana de Venezuela donde alcanzó 41%. Es cierto que en 2007 tenemos la menor brecha en toda América Latina, pero todavía el 20% de los venezolanos más ricos recibe 10 veces más de lo que recibe el 20% de los más pobres: es lo que indica el valor nacional de 0,4211 del coeficiente de Gini.

Algunas preguntas no se pueden responder con este análisis de números: ¿Son los pobres indiferentes ante la desigualdad en el reparto de la riqueza a la hora de votar? ¿Son los no pobres igualmente indiferentes ante la desigualdad a la hora de votar? O, más bien, ¿No hacen caso los pobres a las desigualdades con los no pobres y sólo aspiran a que su grupo familiar viva mejor? ¿No hacen caso los no pobres a las desigualdades con los más desposeídos y sólo votan calculando el mantenimiento de su privilegiada situación? ¿O será, más drástico aún, que los pobres y los no pobres sólo calculan su exclusivo interés individual? ¿Se reducirá la clara y sostenida preferencia electoral de los pobres a ese cálculo? ¿O será que ninguno de los grupos o clases distinguen las desigualdades? ¿No será más bien que hay una compensación de afecciones de odio y de amor más compleja que lo que, por ahora, algunos han pretendido explicar?

Sin respuestas a estas preguntas, pero por la potencia que ellas desencadenan en la mente, creemos que tuvo razón el sacerdote que le recordó al Presidente Chávez la palabra de Pablo, dirigida a los corintios, para que él se la dijera con franqueza a los pobres de la tierra con los que ha echado su suerte: Yo con sumo gusto gastaré lo que tengo y me desgastaré entero a mí mismo en bien de todos ustedes; si los amo más ¿acaso seré menos amado? Más razón, si cabe, tuvo el mismo Apóstol -ese apasionado misionero judío, griego y romano­ cuando al final de la epístola hace eco de la palabra que ya tenía larga tradición en Corinto: Nada podemos contra la verdad, sino a favor de la verdad.

(*) Jorge Dávila es profesor en la Universidad de Los Andes en Mérida, Venezuela.

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La Octava Razón del No

Jorge Dávila

Mural "Hombre en una Encrucijada" de Diego Rivera

Mural "Hombre en una Encrucijada" de Diego Rivera

La octava razón del no ¿Qué quiere decir la octava razón? Lo cuenta J. M. Briceño Guerrero: “En Mérida se dice octava razón aludiendo a la historia de un cura que no hizo tocar las campanas cuando llegó de visita el obispo; dio siete razones para explicar esa omisión, todas valederas, y la octava razón: que no había campanas”.

La oposición política en Venezuela ha dado muchas razones para justificar su reiterativa tautología “no es no”. Es posible que todas esas razones se reduzcan a siete, tan valederas como las que imaginamos esgrimidas por el sacerdote del cuento: se perdieron las llaves de la puerta del campanario, no apareció a tiempo el sacristán, etc. La oposición política, a diferencia del clérigo, no dice su octava razón. Pero se puede escuchar tras la bulla y el escándalo.

Hablemos hipotéticamente: gana el sí, se aprueba la enmienda; luego, los ocupantes de cargos públicos de elección popular se pueden postular nuevamente para esos cargos. Se hace posible entonces este futuro menos cercano: el Presidente Chávez quiere ser candidato en 2012, su partido lo postularía, podría ganar la elección y entonces continuar en el cargo. Seis años después, repetición del ciclo. Etcétera. El encadenamiento de raciocinios de la oposición política venezolana, conducente a la octava razón de su no, descansa en ese futuro posible. Esos raciocinios son los siguientes:

Si gana el sí, es seguro que al Presidente lo postularán. Además, es seguro que lo elegirán nuevamente. ¿Por qué es seguro? Porque el pueblo votará mayoritariamente por él. ¿Por qué? Pues hay aquí, de nuevo, siete buenas razones. Pero la octava, en este caso, es que el pueblo está algo así como “enceguecido” con la figura de Hugo Chávez. Sí, en 2012 habrán pasado catorce años de “ceguera”, o un poco más de catorce años si se incluye la campaña para la elección de 1998, o hasta mucho más si se lleva la cuenta al por ahora del 4 de febrero de 1992: en fin, siempre creímos que el 4F sólo fue un fogonazo televisivo que encandiló al pueblo. ¿Qué quiere decir esta octava razón de la “ceguera” del pueblo? Bueno: ignorancia. O más hondo: incapacidad. O más en la profundidad de la ignorancia y la incapacidad: torpeza, flojera, pasión por la vida fácil, incuria, marrullería, vivalapepismo, etc. ¿Y detrás de todo eso? Bueno: brutalidad propia de la chusma, de negros, de indios, de lumpen, de esclavos. No nacieron para otra cosa. Esta es la octava razón -parcial en la cadena de raciocinios- para estar seguro de que el Presidente Chávez será reelecto en 2012 y en 2018, también en 2024 (justo con 70 años de edad, pero ¡menor que el Dr. Caldera en 1993!) y hasta en 2030.

¿Se entiende? El motor de los raciocinios no tiene que ver tanto con Hugo Chávez como con la condición del pueblo. En fin, sin esa condición Chávez no sería nada, sería pieza fácil de derrumbar en el ajedrez político -democrático o no. Sobre esa condición del pueblo es que descansa la no muy oculta octava razón del no en el referéndum de este febrero de 2009. La octava razón del no descansa en la convicción de que esa condición del pueblo es propia, es natural; quiere decir: no es circunstancial; siempre ha sido así y siempre será así. Eso quiere decir el “no nacieron para otra cosa”.

En verdad, poco o casi nada sabemos del futuro. Pero del pasado nos hacemos ideas más claras. ¿Cómo concibieron al pueblo venezolano en el pasado? Desde los albores de la Independencia, escribió Domingo Miliani, lo concibieron como “pueblo ignorante”; más adelante, como “hordas levantiscas, chusma bochinchera, turbulentos mulatos”; lo mismo en el siglo pasado: “perraje, marginales, desposeídos, menos favorecidos de la fortuna, olvidados de Dios, desclasados, chigüires, masa, plebe, lumpen, enemigos del orden establecido”. En suma, como masa de idiotas que había que encauzar para que sostuvieran el poder de quienes sí lo merecen. Vieja tesis. Ya en Platón se encuentra ardorosamente defendida por los Trasímacos y los Calicles. Pero, más agudamente, esa masa no es otra cosa que el objeto del desprecio y del menosprecio; o sea, del odio. Y ese odio no tiene por qué mostrarse de toda evidencia. En el pasado fue así, se ocultó tras el simulacro. Ahora que los despreciados muestran su potencia, su fuerza; cuando los menospreciados despliegan su capacidad de ser iguales; cuando los odiados manifiestan su generosidad y amor con los demás odiados, entonces los poderosos que los odian no pueden sino manifestar abiertamente su más profunda pasión de odio.

Esa pasión de odio -de menosprecio y de desprecio- del poderoso busca oponerse a aquella potencia del amor y la generosidad de los odiados entre sí. Busca, y ese es su mejor ardid, que ese amor sólo se manifieste como odio recíproco. Y muchas veces lo logra: es la lógica que malogra los avances de la posible vida mejor del pueblo. Es ese, en el fondo, el poderío desencadenado en estos tiempos contemporáneos por los medios de comunicación que vomitan toda la pasión de odio que sostiene grandes poderes económicos mundiales y nacionales contra los pueblos.

La octava razón del no, en relación con el pasado, se puede resumir así: la burguesía venezolana, y también la pequeña burguesía -más estridente ella-, siempre odió al pueblo venezolano; peor aún, no sólo lo odió, por mucho tiempo lo jodió. En el pasado reciente y en el presente, la burguesía se desespera; se refugia en su poderosa capacidad de manipulación para trastrocar el amor del pueblo en odio recíproco. Algunos intelectuales sin mala fe prefieren sumirse en la pereza mental para auxiliar tal trastrocamiento. Duele eso. Y, por desgracia, algunos defensores del amor al pueblo, no creo que por maldad, le siguen el juego.

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¿Por qué se dice no?

Jorge Dávila

Por oposición. Es muy natural. Oponerse, estar en contra, contradecir, enfrentarse, ser antagónico, etc., todo eso se dice, frente a algo que se afirme, con un simple no. Pero, si de razón se trata, hay sus modos.

El niño inmaduro, especialmente en la infancia temprana, cuando dice no es “no porque no”. Niega hasta tres veces: “no, no y no”. Acompaña su expresión con gestos poco sociales, poco políticos: rabietas, pataletas, gritos, llanto, etc. Algunos aprenden allí el uso exacto de las groserías. Es el “no porque no” en su forma más básica de la  sinrazón. Dicen algunos psicólogos que eso no está mal, esa experiencia es la forma primigenia de cierta afirmación de la diferencia. Es entonces un “no porque no” que se tolera porque será encauzado por la razón; será la razón la que le enseñará correctamente la diferencia y la identidad.

Hay un “no porque no” que es propio de la adolescencia, de la rebeldía sin causa o, mejor dicho, del rebelde sin razón. Es una actitud abiertamente antisocial, abiertamente apolítica. La expresión se acompaña de gestos infantiles. Suele aparecer allí la violencia contra el otro. Es la pretensión de identidad figurada en la diferencia completamente errada. Es la identificación con la sinrazón que no se sabe tal. Se expresa este “no porque no” en la sencilla expresión “no es no”. Quiere decir: “no, dije que no”; “no, porque no quiero”, “no, porque no me da la gana”, “no, porque deseo lo que deseo y lo que deseo es que no deseo lo que me proponen y sólo sé que deseo eso mismo que deseo”. Es la sinrazón opuesta a las razones que sólo atisba a cuasi­razonar así: “vaya Usted viejo muy largo al carrizo con sus razones”.

En el adulto hay un “no porque no” que apela a la retórica empobrecida. Se refugia superficialmente en el principio de identidad de la negación. Otra vez: “No es no”. Claro, es verdad, X es X. Así se expresa toda tautología. Pero la tautología no agrega nada, todos lo saben por experiencia o porque han estudiado lógica. La retórica empobrecida va más allá del pleonasmo. Es la acentuación del habla que se esfuerza en que el interlocutor escuche lo que se quiere decir, sabiendo qué se quiere decir y cómo decirlo, pero no se dice. Tiene dos variantes. Una: todo cuanto motoriza la negación se oculta, se disimula en el gesto, se esconde tras falacias dichas en baja voz. Es puro miedo. Ese miedo muchas veces se disfraza de soberbia: “¿Para qué explicar si el muy bruto no entiende?”, “Ya lo dije: no es no y punto” y otras expresiones semejantes. La otra variante, la irracional, es de otro tenor. Rebrota en ella el arrojo del rebelde sin razón que grita o chilla su deseo de sólo desear. Se acompaña con los gestos infantiles del pataleo y la rabieta.

Se apropia de las groserías del infante y de la violencia del adolescente. El ocultamiento no es tanto del miedo, del temor, como del odio. Es el “no porque no” de la más abyecta tristeza que se refugia en el escándalo y la bulla. Es escándalo y bulla vociferando sinrazones en asfixiante logorrea. Es el “no es no” del adulto tan inmaduro como apegado a la ignorancia, como akolásico regodeándose en su vicio. Es la pérdida del poder de la razón cedido al desencadenamiento fatal de la acumulación de tristeza que constituye el odio. Si la primera variante, la del miedo, es dañina, esta segunda variante, la del odio, es perversa: lleva a la alegría por el mal que otro sufre y a la tristeza por la felicidad del prójimo.

Con las justas razones un gran sabio del siglo XVII demostró rigurosamente esta proposición: odium nunquam potest esse bonum (el odio nunca puede ser bueno). Imposible entenderlo si se toma el camino del odio. Por eso duele cuando vemos a quienes alguna vez razonaron, o simularon hacerlo, pretender que seamos copartícipes de su odio para vivir bajo la tiranía de la tristeza. Buena razón es negar la negación.

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