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Archive for 8/05/08

Conocimiento Imperializado

José J. Contreras1

A [Francis] Bacon le gustaba decir: «El conocimiento es poder»,

y desde entonces se supo que no le faltaba razón.

La ciencia universal poco tiene de universal; está

objetivamente confinada tras los límites de las

naciones avanzadas. América Latina no aplica en su

propio beneficio los resultados de la investigación científica,

por la sencilla razón de que no tiene ninguna, y en consecuencia

se condena a padecer la tecnología de los poderosos, que castiga

y desplaza a las materias primas naturales. América Latina ha sido

hasta ahora incapaz de crear una tecnología propia para sustentar

y defender su propio desarrollo. El mero trasplante de

la tecnología de los países adelantados no sólo

implica la subordinación cultural y, en definitiva, también

la subordinación económica, sino que, además, después de cuatro

siglos y medio de experiencia en la multiplicación de los

oasis de modernismo importado en medio de los desiertos del atraso

y de la ignorancia, bien puede afirmarse que tampoco

resuelve ninguno de los problemas del subdesarrollo.

Eduardo Galeano, Las Venas Abiertas de América Latina, 1970

Los siglos de dominación colonial forjaron una profunda creencia en los patrones de generación y uso del conocimiento. Con la colonia, poco a poco, se fue sedimentando un olvido, o quizás mejor un desprecio, hacia tipos de conocimiento enraizados en nuestro origen indo-americano y africano en beneficio de la visión del mundo propiamente europea. En ello nos fuimos creyendo el cuento aquél según el cual todo lo europeo era inherentemente “superior” y todo lo que no era de allí, por contraste, era “inferior”. Gracias a este supuesto, pudo sustentarse el imperialismo conformado en torno a la visión de las metrópolis y las periferias.

Claro que con el proceso de independencia del siglo XIX logramos “liberarnos” de las cadenas del imperio español. Sin embargo, la gesta independentista no logró romper con el paradigma periferia-metrópolis. No escuchamos las voces que, como la de don Simón Rodríguez, nos decían sin cesar:

“es una verdad muy obvia
la América no debe IMITAR servilmente
sinó ser ORIJINAL”2

Cambiamos de metrópolis, eso sí, de Madrid pasamos a París y Londres. Pero, de fondo, no cambió nada. Con el tiempo, la metrópolis se mudó a Nueva York y sus alrededores. Igual. Como neo-colonia fuimos siempre incrustados en modos de producción en los que quedamos siempre relegados a las labores más insignificantes. Cuando decimos “insignificantes” no nos referimos a labores poco intensivas. Por el contrario, fuimos relegados a labores de extracción de materia prima y de mucha intensidad en el trabajo manual. Labores, en muchos casos, extremadamente contaminantes al medio ambiente y con un altísimo grado de explotación sobre los obreros.

Varsavsky cita las características principales de este modelo neocolonial: “Dependencia cultural total y ni siquiera bien percibida. Alta dependencia económica a través de importación y exportación de capitales; afiliación a mercados regionales controlados por las grandes corporaciones multinacionales. Dependencia militar. Predominio de oligarguías exportadoras y clase gerencial de grandes empresas. Estímulo al individualismo; escasísima participación política popular”3. En este contexto, pues, la tecnología no es problema. Total, ella debe ser comprada a los países metrópolis, simplemente. La industria nacional se limita al ensamblaje, al envase o a la maquila como extensión de las grandes empresas metropolitanas.

Con el transcurrir de las décadas hemos venido aprendiendo, a cuerazos eso sí, que el desarrollismo ha sido un modo industrializado de neocolonialismo. A fin de cuentas, se trata de un modo más independiente de ser, como ellos.

Comienza así a revelársenos la faz más auténtica del imperialismo. Al imperialismo, de haber sido bien implementado, no le es necesario contar con ejércitos poderosos (aunque siempre los tendrán para ejercer su poderío militar periódicamente). Lo más propio del imperialismo no son siquiera sus impresionantes dispositivos tecnológicos. En la base del imperialismo lo que yace es la profunda creencia compartida por todos, de que el conocimiento es único y es aquel nació en la ciencia de la Europa Moderna y germinó y creció en la industrialización de los Estados Unidos de América.

Por ello, no hace falta que pensemos nuestro destino como patria. Por ello, no hace falta que pensemos qué tipo de sociedad queremos construir ni qué estilo tecnológico nos sería más acorde. No hace falta ni siquiera pensar qué somos ni qué queremos ser. Ya las respuestas están dadas: debemos ser periferia de la metrópolis del Imperio.

La trampa de las trampas es aquella que nos

aprisiona el conocimiento.

1Centro Nacional de Desarrollo e Investigación en Tecnologías Libres (CENDITEL). Email: josejcontreras@gmail.com

2 Rodríguez, Simón ( 1828 ) Sociedades Americanas. Luces y Virtudes Sociales. P. 8

3 Varsavsky, Oscar (1972). Hacia una Política Científica Nacional. Monte Ávila Editores. Caracas. Edición de 2006. P. 10

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