La Octava Razón del No
Jorge Dávila

Mural "Hombre en una Encrucijada" de Diego Rivera
La octava razón del no ¿Qué quiere decir la octava razón? Lo cuenta J. M. Briceño Guerrero: “En Mérida se dice octava razón aludiendo a la historia de un cura que no hizo tocar las campanas cuando llegó de visita el obispo; dio siete razones para explicar esa omisión, todas valederas, y la octava razón: que no había campanas”.
La oposición política en Venezuela ha dado muchas razones para justificar su reiterativa tautología “no es no”. Es posible que todas esas razones se reduzcan a siete, tan valederas como las que imaginamos esgrimidas por el sacerdote del cuento: se perdieron las llaves de la puerta del campanario, no apareció a tiempo el sacristán, etc. La oposición política, a diferencia del clérigo, no dice su octava razón. Pero se puede escuchar tras la bulla y el escándalo.
Hablemos hipotéticamente: gana el sí, se aprueba la enmienda; luego, los ocupantes de cargos públicos de elección popular se pueden postular nuevamente para esos cargos. Se hace posible entonces este futuro menos cercano: el Presidente Chávez quiere ser candidato en 2012, su partido lo postularía, podría ganar la elección y entonces continuar en el cargo. Seis años después, repetición del ciclo. Etcétera. El encadenamiento de raciocinios de la oposición política venezolana, conducente a la octava razón de su no, descansa en ese futuro posible. Esos raciocinios son los siguientes:
Si gana el sí, es seguro que al Presidente lo postularán. Además, es seguro que lo elegirán nuevamente. ¿Por qué es seguro? Porque el pueblo votará mayoritariamente por él. ¿Por qué? Pues hay aquí, de nuevo, siete buenas razones. Pero la octava, en este caso, es que el pueblo está algo así como “enceguecido” con la figura de Hugo Chávez. Sí, en 2012 habrán pasado catorce años de “ceguera”, o un poco más de catorce años si se incluye la campaña para la elección de 1998, o hasta mucho más si se lleva la cuenta al por ahora del 4 de febrero de 1992: en fin, siempre creímos que el 4F sólo fue un fogonazo televisivo que encandiló al pueblo. ¿Qué quiere decir esta octava razón de la “ceguera” del pueblo? Bueno: ignorancia. O más hondo: incapacidad. O más en la profundidad de la ignorancia y la incapacidad: torpeza, flojera, pasión por la vida fácil, incuria, marrullería, vivalapepismo, etc. ¿Y detrás de todo eso? Bueno: brutalidad propia de la chusma, de negros, de indios, de lumpen, de esclavos. No nacieron para otra cosa. Esta es la octava razón -parcial en la cadena de raciocinios- para estar seguro de que el Presidente Chávez será reelecto en 2012 y en 2018, también en 2024 (justo con 70 años de edad, pero ¡menor que el Dr. Caldera en 1993!) y hasta en 2030.
¿Se entiende? El motor de los raciocinios no tiene que ver tanto con Hugo Chávez como con la condición del pueblo. En fin, sin esa condición Chávez no sería nada, sería pieza fácil de derrumbar en el ajedrez político -democrático o no. Sobre esa condición del pueblo es que descansa la no muy oculta octava razón del no en el referéndum de este febrero de 2009. La octava razón del no descansa en la convicción de que esa condición del pueblo es propia, es natural; quiere decir: no es circunstancial; siempre ha sido así y siempre será así. Eso quiere decir el “no nacieron para otra cosa”.
En verdad, poco o casi nada sabemos del futuro. Pero del pasado nos hacemos ideas más claras. ¿Cómo concibieron al pueblo venezolano en el pasado? Desde los albores de la Independencia, escribió Domingo Miliani, lo concibieron como “pueblo ignorante”; más adelante, como “hordas levantiscas, chusma bochinchera, turbulentos mulatos”; lo mismo en el siglo pasado: “perraje, marginales, desposeídos, menos favorecidos de la fortuna, olvidados de Dios, desclasados, chigüires, masa, plebe, lumpen, enemigos del orden establecido”. En suma, como masa de idiotas que había que encauzar para que sostuvieran el poder de quienes sí lo merecen. Vieja tesis. Ya en Platón se encuentra ardorosamente defendida por los Trasímacos y los Calicles. Pero, más agudamente, esa masa no es otra cosa que el objeto del desprecio y del menosprecio; o sea, del odio. Y ese odio no tiene por qué mostrarse de toda evidencia. En el pasado fue así, se ocultó tras el simulacro. Ahora que los despreciados muestran su potencia, su fuerza; cuando los menospreciados despliegan su capacidad de ser iguales; cuando los odiados manifiestan su generosidad y amor con los demás odiados, entonces los poderosos que los odian no pueden sino manifestar abiertamente su más profunda pasión de odio.
Esa pasión de odio -de menosprecio y de desprecio- del poderoso busca oponerse a aquella potencia del amor y la generosidad de los odiados entre sí. Busca, y ese es su mejor ardid, que ese amor sólo se manifieste como odio recíproco. Y muchas veces lo logra: es la lógica que malogra los avances de la posible vida mejor del pueblo. Es ese, en el fondo, el poderío desencadenado en estos tiempos contemporáneos por los medios de comunicación que vomitan toda la pasión de odio que sostiene grandes poderes económicos mundiales y nacionales contra los pueblos.
La octava razón del no, en relación con el pasado, se puede resumir así: la burguesía venezolana, y también la pequeña burguesía -más estridente ella-, siempre odió al pueblo venezolano; peor aún, no sólo lo odió, por mucho tiempo lo jodió. En el pasado reciente y en el presente, la burguesía se desespera; se refugia en su poderosa capacidad de manipulación para trastrocar el amor del pueblo en odio recíproco. Algunos intelectuales sin mala fe prefieren sumirse en la pereza mental para auxiliar tal trastrocamiento. Duele eso. Y, por desgracia, algunos defensores del amor al pueblo, no creo que por maldad, le siguen el juego.
